Castle Combe, un pueblecito con mucho encanto

Posted By on junio 5, 2016

Inglaterra está llena de lugares con encanto. Sin embargo, como en todos lados, sucede que algunos de ellos son pequeñitos y recónditos, y por el hecho de saber que “siempre estarán ahí” nunca acabamos de decidirnos a visitarlos.

En esta ocasión decidimos hacer justo lo contrario. Decidimos juntarnos con un grupo de amigos e ir a visitar una de las “villages” más pequeñas y a la vez con más encanto de Inglaterra, y así fue como nos metimos en el coche rumbo a Castle Combe.

Situado en el condado de Wiltshire,  Castle Combe es un pequeño pueblecito al oeste de Londres (1 hora y media en coche desde  el aeropuerto de Heathrow). Si vais a Inglaterra y os decidís a visitar Bath o Bristol, Una parada en Castle Combe es más que suficiente para apreciar la belleza de este pueblo de la campiña inglesa.

A nuestra llegada, un incesante ir y venir de coches  pululaban alrededor del pueblo, y es que Castle Combe cuenta también con uno de los circuitos de carreras más icónicos de Reino Unido, y curiosamente el fin de semana que lo visitamos, tenía lugar una carrera en el mismo.

Entre el circuito y el pueblo hay un área de aparcamiento gratuito donde dejamos el coche. Desde allí, por una carreterita estrecha pero preciosa, rodeada de altísimos árboles y paredes de piedra vestida de musgo, andamos durante 10 minutos aproximadamente hasta llegar al pequeño pueblo.

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Y cuando decimos pequeño, queremos decir ¡realmente pequeño! El pueblo consiste en poco más que un cruce de caminos, una pequeñita encrucijada central donde desembocan tres calles. El pueblo está compuesto por unas 20 viviendas agrupadas en torno a esa encrucijada, un enorme hotel y salón de celebraciones con vastos campos verdes y un paisaje privilegiado, y una extensa pradera de acceso libre al público , con acceso también al río By Brook. Poco más de 300 habitantes están censados allí, pero esta cifra incluye Upper Castle Combe, una parte más moderna del pueblo, que está más cerca del circuito.

El día nos salió redondo, y el tiempo nos permitió disfrutar de un  fantástico día soleado. Así que decidimos caminar cuesta abajo desde la encrucijada hacia esa pradera de acceso público. Por el camino, el sonido del agua corriendo limpia a nuestro lado y pintorescos carteles pintados a mano con un curioso mensaje: “Despacio por favor, patos en la carretera”.

Con bastante hambre llegamos a nuestro destino y nos montamos un picnic improvisado. Pero la tranquilidad nos duró poco, pues enseguida apareció una vacada paciendo lenta pero segura en dirección a nuestra comida. Pero tranquilos, ¡sobrevivimos!

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Una vez con el estómago lleno, nos dirigimos hacia el pueblecito otra vez. En la pequeña encrucijada se encuentra un pequeño puesto de postres caseros sin nadie que lo atienda. Y es que este puestecito funciona con la confianza como base. Junto a los trozos de tarta, un cartel reza:

“Parte de los beneficios que obtengo vendiendo estas tartas está destinado al RNIB (siglas en inglés de Real Instituto Nacional de la Ceguera). Por favor, pague su importe a través del buzón. Gracias”.

Y ya está. Nos parece muy bonito que se pueda hacer estas cosas, y se pueda confiar en la honestidad y la buena voluntad de las personas, y es curioso que los beneficios de un negocio que se basa en la confianza ciega, se compartan con una institución dedicada a la mejora de la calidad de vida de las personas invidentes. Ya solo por eso, merece la pena Castle Combe.

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Paseando por el pueblo y por su pequeña pero preciosa iglesia, aprendimos además, que en éste pueblo se rodó la primera versión de Dr. Dolittle (película de 1967) y también muchas escenas de la más reciente Caballo de batalla (2011). Y la verdad es que habiendo visto alguna de esas películas, resulta instantáneamente obvio que se trataba de Castle Combe.

Pasamos la tarde paseando por los jardines del gran hotel y salón de celebraciones, que también están abiertos al público, y cuentan con preciosas gárgolas y otras esculturas en piedra.

Por último, terminamos de disfrutar aquella insólitamente soleada tarde sentándonos en la terraza de la cafetería cuya puerta daba a la pequeña encrucijada, y fuimos espectadores del tranquilo y apacible ir y venir de los vecinos del pueblo.

Sin duda, un pequeño lugar donde se puede experimentar el estilo de vida rústico inglés, en una localización muy conveniente si vas de paso. De esos pueblecitos que se hacen un huequito en tu corazón y que sabes que jamás olvidarás.

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