Paraísos cercanos Volúmen 2: Isla de Portland

Posted By on agosto 7, 2016

Como ya sabéis los que nos leéis, somos unos locos de los viajes. Y los que nos conocéis también sabéis que nuestra filosofía con respecto a éstos encierra la importancia de descubrir grandes maravillas, sin importar lo lejos o cerca que éstas queden. Tiene mucho sentido irse a asia, oceanía o sudamérica para disfrutar de las joyas culturales de todo el mundo, pero no por ello tiene menos sentido sorprenderse con la grandeza de un lugar a la vuelta de la esquina… ¡Y eso es lo que hemos hecho este fin de semana!

Sábado por la mañana y nos levantamos a las 7 para comenzar nuestra aventura, ya que como me decía mi madre: “si se está para trabajar, también se tiene que estar para disfrutar”(espera, quizás era al revés…). Con un buen desayuno entre pecho y espalda y los ojos aún medio pegados, echamos cuatro cosas básicas a una mochila, una manta por si nos quedamos a dormir por allí en la tienda de campaña de unos amigos, el magnesio y los pies de gato y comida para un regimiento… y a las 8 estamos en el coche de camino a la Isla de Portland, en el sur de inglaterra.

Con la suerte de un alineamiento planetario que hizo que “fin de semana” y “día soleado” coincidieran en el espacio tiempo en ésta maravillosa Gran Bretaña, llegamos a la preciosa islita, sólo conectada a la tierra por un estrecho itsmo creado por el hombre. Una isla en una isla… qué mejor lugar para perderse.

Y nunca mejor dicho, perderse es lo más sencillo en Portland, puesto que la mayoría de la isla no tiene cobertura móvil, así que si decidís adentraros en ella, aseguráos de que sabéis dónde váis de antemano, porque si no os puede pasar como a nosotros, sigue leyendo…

Total, que llegamos a Portland confiadísimos en que vamos a poder contactar con los amigos que previamente estaban allí, y con la única información de ubicación del aparcamiento donde ellos habían dejado el coche. Aparcamos en el mismo sitio (Párking del Museo de Portland, aparcamiento gratuito durante 72 horas, y muy muy cerca de las mejores playas de la isla, apúnta eso, tiburón), y tras intentar sin éxito ponernos en contacto con nuestros amigos, nos decidimos (o mejor dicho, no nos queda otra) a buscarlos en la zona donde creemos que podrían estar: las paredes de roca cerca de la playa.

Isla de Portland 1

Sólo podemos acordarnos de Luis diciéndonos: “el sitio está genial, si te cansas de escalar, la playa está a 5 minutos andando para darse un baño” así que nos dirigimos del aparcamiento hacia la playa, y qué gran sorpresa la nuestra cuando nos encontramos en un camino que atraviesa un pequeño pero frondoso bosque salpicado de ruinas que pertenecieron en algún momento a iglesias góticas.

Tras atravesar por estrechos senderos, continuamos por el Coast path, que rodea la isla muy pegadito al mar, y cuenta con numerosos miradores. Sin duda un rodeo que merece la pena para un día en plena naturaleza (Apúnta eso también, tiburón).

Isla de Portland 2

En contraposición al resto de Inglaterra, Portland cuenta con un paisaje muy abrupto, con colinas que mueren de súbito en el mar, formando impresionantes acantilados. Ésto la dota de numerosos puntos en la isla desde donde el paisaje deja a uno simplemente sin aliento (si le quedaba algo de éste tras subir ahí). Seguimos por el Coast path, con el inmenso océano atlántico a estribor y los cortados de piedra caliza con algún ocasional escalador a la babor, hasta que escuchamos voces y risas en español, y ahí estaban los chicos!

Pasamos el resto del día escalando, y luego, a la tarde, bajamos a la playa a llenar un par de botellas de agua y caminar sobre los pequeños cantos rodados pulidos por el incesante vaivén del atlántico.

Isla de Portland 3

Al atardecer recogemos los equipos de escalada y nos dirigimos hacia el oeste de la isla, donde ya cayendo la tarde tenemos que echarnos una chaqueta por encima. Visitamos un improvisado museo de tallas en piedra que parece salido de un cuento y nos dirigimos a la playa de portland para, entre risas, cervezas y patatas fritas, ver el sol ponerse.

Isla de Portland 4

Al final decidimos no quedarnos a pasar la noche, y fue un acierto ya que, pese a llegar tarde a casa, en inglaterra el tráfico es prácticamente inexistente a partir de las 8 de la tarde, por lo que volvimos sin ningún tipo de problema.

Una vez más, pasamos un día fantástico muy cerquita de donde vivimos y por muy pocas pelas que no hace sino confirmar nuestra forma de viajar y de ver el mundo: El exotismo del viaje está en la mente de las personas, y la belleza en los ojos del que mira.

 

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